Motivación 

Abrir nuestro corazón a los demás. Demostrar nuestro amor sin barreras, sin prejuicios… 

Recurso 1: 

De la película musical West Side Story (Amor sin barreras, 1961), basada en la obra Romeo y Julieta, donde en Nueva York dos bandas callejeras pugnan por su dominio del barrio West Side, una de blancos y otra de portorriqueños, y entre las peleas surge el amor imposible entre chico y chica de sendas bandas. 

Recurso 2: 

Evangelio: Jesús pide agua a una samaritana. (Juan 4, 5-42) 

Llegó así a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob había dado en herencia a su hijo José. Allí estaba el pozo que llamaban de Jacob. Cerca del mediodía, Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar algo de comer. En esto una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le pidió: 

–Dame un poco de agua. 

Pero como los judíos no tienen trato con los samaritanos, la mujer le respondió: 

–¿Cómo tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana? 

Jesús le contestó: 

–Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva. 

La mujer le dijo: 

–Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es muy hondo: ¿de dónde vas a darme agua viva? Nuestro antepasado Jacob nos dejó este pozo, del que él mismo bebía y del que bebían también sus hijos y sus animales. ¿Acaso eres tú más que él? 

Jesús le contestó: 

–Los que beben de esta agua volverán a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna. 

La mujer le dijo: 

–Señor, dame de esa agua, para que no vuelva yo a tener sed ni haya de venir aquí a sacarla. 

Jesús le dijo: 

–Ve a llamar a tu marido y vuelve acá. 

–No tengo marido –contestó ella. 

Jesús le dijo: 

–Bien dices que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido. Es cierto lo que has dicho. 

Al oír esto, le dijo la mujer: 

–Señor, ya veo que eres un profeta. Nuestros antepasados los samaritanos adoraron a Dios aquí, en este monte, pero vosotros los judíos decís que debemos adorarle en Jerusalén. 

Jesús le contestó: 

–Créeme, mujer, llega la hora en que adoraréis al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén. Vosotros no sabéis a quién adoráis; nosotros, en cambio, sí sabemos a quién adoramos, pues la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y es ahora mismo, cuando los que de veras adoran al Padre lo harán conforme al Espíritu de Dios y a la verdad. Pues así quiere el Padre que le adoren los que le adoran. Dios es Espíritu, y los que le adoran deben hacerlo conforme al Espíritu de Dios y a la verdad. 

Dijo la mujer: 

–Yo sé que ha de venir el Mesías (es decir, el Cristo)m y que cuando venga nos lo explicará todo. 

Jesús le dijo: 

–El Mesías soy yo, que estoy hablando contigo. 

En esto llegaron sus discípulos. Se quedaron sorprendidos al ver a Jesús hablando con una mujer, pero ninguno se atrevió a preguntarle qué quería o de qué hablaba con ella. La mujer dejó su cántaro y se fue al pueblo a decir a la gente: 

–Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías? 

Entonces salieron del pueblo y fueron adonde estaba Jesús. Mientras tanto, los discípulos le rogaban: 

–Maestro, come algo. 

Pero él les dijo: 

–Yo tengo una comida que vosotros no sabéis. 

Los discípulos comenzaron a preguntarse uno a otros: 

–¿Será que le han traído algo de comer? 

Pero Jesús les dijo: 

–Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo. Vosotros decís: ‘Todavía faltan cuatro meses para la siega’, pero yo os digo que os fijéis en los sembrados, pues ya están maduros para la siega. El que siega recibe su salario, y la cosecha que recoge es para la vida eterna, para que igualmente se alegren el que siembra y el que siega. Porque es cierto lo que dice el refrán: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ Yo os envié a segar lo que vosotros no habíais trabajado. Otros fueron los que trabajaron, y vosotros os beneficiáis de su trabajo. 

Muchos de los que vivían en aquel pueblo de Samaria creyeron en Jesús por las palabras de la mujer, que aseguraba: “Me ha dicho todo lo que he hecho.” 

Así que los samaritanos, cuando llegaron a donde estaba Jesús, le rogaron que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más fueron los que creyeron por lo que él mismo decía. Por eso dijeron a la mujer: 

–Ahora ya no creemos solo por lo que tú nos contaste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo. 

Relectura: 

Fue la mujer samaritana la sorprendida de la actitud abierta de Jesús: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn.4.9). La frase: “mujer samaritana” incluye dos prejuicios: 1) hablar con una mujer en la calle no era bien visto en aquella época, y, 2) judíos y samaritanos no se saludaban. Jesús se coloca por encima de ambos prejuicios, y, no solo pidió agua de la mujer samaritana, sino que más adelante le predicó el evangelio: “Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (4.13-14) 

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