Texto/ Testimonio

La costumbre es ver la Cuaresma como ese tiempo un poco lúgubre donde tenemos que encerrarnos a ‘depurar’ nuestra humanidad y nuestro ser cristiano. El único fin es vivir con intensidad la Pasión del Señor, y acercarnos con devoción, a la Semana Santa. Pero no es del todo cierto. La Cuaresma es camino, pero su final no es la Cruz, sino la alegría de la Pascua. Esto nos obliga a cambiar un poco la mirada de estos días que transcurrimos entre oraciones, ayunos y limosnas. Es desierto, para poder vivir la plenitud de la Presencia de un Dios que sale en cada rincón a llenarlo todo con su alegría. Es subida, porque toda meta requiere algo de sufrimiento, de costoso, de esfuerzo. Es Jerusalén, porque a la muerte le sigue la Vida, y no se trata de un punto y aparte, sino de un punto y seguimos. ¿A quién? A Jesús que da la vida por nosotros y que, con eterno amor, se entrega para salvarnos a cada uno en su propia situación y desde su propia realidad. 

(…) 

No se trata de vivir una Cuaresma solo retocando con cierto ‘maquillaje cristiano’ el exterior de nuestra vida. Tenemos que dejar que nos vaya calando la Gracia de Dios. Nuestro corazón ha de empaparse de esta gracia, de ese afecto a Jesús y a su Reino, que nos alcanzará en la alegría de la Pascua. Por esto, la Cuaresma tiene todo su sentido. Necesitamos tiempos, silencios, espacios… para dejarnos impregnar por dentro, para dolernos y afectarnos por las cosas de Dios, con el único deseo de traspasar el dolor y el sufrimiento de la Pasión para vivir en plenitud la Pascua. 

La Cuaresma es un tiempo precioso para afinar nuestro interior: ser más sensibles a la realidad que nos rodea, buscar en ella las huellas de Dios que –como baldosas amarillas– nos conducen al encuentro, y dejarnos alcanzar por la gracia de un Dios que quiere para nosotros la felicidad y la alegría. Aunque cueste, aunque haya que recorrer caminos de subida y asumir muchas cruces. La Cuaresma merece la pena. 

Por David Cabrera 

  • Quédate con una palabra. ¿Por qué es esa la palabra? 

Oración / Evangelio

Evangelio según san Juan 13, 1-15 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. 

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Jesús le replicó: «Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dijo: «Tú no me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo». Entonces le dijo Simón Pedro: «En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos están limpios». 

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que Yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan». 

Propósito 

Hoy procuraré ser servicial y ayudar a quien lo necesite. 

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