Motivación
Estamos viviendo en un mundo globalizado que va tan deprisa que no nos paramos a apreciar las cosas más pequeñas ni a las personas que tenemos a nuestro lado. Las redes sociales han hecho que todo sea más accesible y que todos estemos conectados, pero no podemos olvidarnos de seguir siendo una familia global, una familia con la que poder contar y a la que acudir siempre.
Recurso 1: Canción “Count on me” de Bruno Mars
Recurso 2: Oración
“Padre bueno,
a ti acudimos para abrir el corazón y acogerte,
tal como hizo San Marcelino,
en lo cotidiano de su vida,
forjando un camino de fe.
Familia global en Champagnat,
queremos ser constructores de puentes
entre tantas islas de la sociedad
que aíslan y marginan.
Te pedimos pilares enraizados,
como casa sobre roca.
Queremos arriesgarnos para unir orillas
que nunca supieron la una de la otra.
Dios de bondad y amor,
conduce nuestra vida
en memoria agradecida y reconciliación
para que vivamos con sabiduría, audacia, gratitud y fe.
Caminamos al amparo de María,
ya que Ella lo hace todo entre nosotros
hoy y siempre.
Amén.”
Recurso 3: Marcelino quería que los hermanos, en especial los jóvenes, siempre estuvieran ocupados. Cuando no tenían que cuidar de los niños, aprovechaban para jugar. (En el juego se ve nuestra verdadera personalidad. Participamos de la felicidad más plena. Los niños, el aire, los animales y el mar juegan. Dios también juega.) (En el mundo nuevo que soñamos, los hombres que queremos ser juegan sin cesar.) Los hermanos jugaban a las bochas en los recreos. (Estaban prohibidos los libros.) Solían competir los mayores contra los jóvenes. Marcelino les observaba con satisfacción. Había establecido que los que perdieran debían traer a casa el saco con las bolas. Cuando perdían los mayores, los jóvenes se prestaban voluntarios para traerlas. En invierno, y en los recreos de lluvia y frío, jugaban dentro de casa a las damas o al dominó. Marcelino, entonces, jugaba al chaquete con los capellanes.
Cuento: Alberto estaba sentado en el sillón de su salón jugando en la videoconsola a matar marcianitos. Para él era un juego muy divertido, podía pasar horas así. No era un niño muy social ni solía salir a la calle o al parque a jugar con otros niños como él. Siempre estaba con el mando en la mano o con el móvil de sus padres jugando a mil y una aplicaciones que no eran para su edad.
Su abuelo lo miraba triste desde el sofá. Pensaba que estaba desperdiciando unos momentos que podía dedicar a hacer otras cosas mucho mejores. Así que subió al ático y comenzó a buscar entre las polvorientas cajas. Apareció una pequeña caja muy antigua. Eran las canicas de cuando él era pequeño.
Con gran ilusión, se las regaló a su nieto. Salieron juntos al patio de su bloque, y le explicó cómo se jugaba. Había una gran canica naranja que corría como tan rápido como una estrella fugaz. De repente, otros niños comenzaron a llegar para jugar con él. Su abuelo los dejó jugar. Ahora sí estaba contento.
Recurso 4: Canción “Si pongo corazón” de Rosana.